27 de mayo 2006

El Papa Benedicto XVI durante su viaje apostólico a Polonia visitó el Santuario de la Divina Misericordia en Cracovia. Aquí se reunió con enfermos, minusválidos y sus cuidadores 
así como con los apóstoles de la Divina Misericordia. Era ya la tercera visita de la cabeza visible de la Iglesia al Santuario de Łagiewniki después de las peregrinaciones de Siervo de Dios Juan Pablo II en 1997 y 2002.

El Papa Benedicto XVI visitó la primera capilla de las Hermanas de Nuestra Señora de la Misericordia, donde se reunió con las hermanas de Santa Faustina y rindió homenaje a sus reliquias bajo la imagen de Jesús Misericordioso. Luego se dirigió a la Basílica de la Divina Misericordia, donde dirigió unas cálidas palabras a las personas afectadas por la cruz de la enfermedad y el sufrimiento. Al final fue a la Capilla de la Adoración Perpetua donde en la oración confiaba a Dios todos los asuntos de la Iglesia y el mundo entero.

Muchos meses duraron los preparativos para esta ceremonia. El día antes de este excepcional evento, se colocó el monumento de Juan Pablo II en la torre panorámica. En el día de la llegada del Papa los fieles permanecían en oraciones a la espera del ansiado Invitado. El Santuario
tiene la esperanza que el Santo Padre Benedicto XVI volverá a visitar este lugar escogido por Dios para encontrarse con los fieles y los apóstoles de la Divina Misericordia. 

El discurso del Santo Padre Benedicto XVI pronunciado en la Basilica de la Divina Misericordia el 27 de mayo 2006.

Amadísimos hermanos y hermanas:  

Me alegra poder encontrarme con vosotros, con ocasión de mi visita a este santuario de la Misericordia Divina. Os saludo de corazón a todos:  a los enfermos, a los enfermeros, a los sacerdotes que en este santuario se dedican a la pastoral, a las religiosas de la Bienaventurada Virgen María de la Misericordia, a los miembros del "Faustinum" y a todos los demás. 

En esta circunstancia nos encontramos ante dos misterios:  el misterio del sufrimiento humano y el misterio de la Misericordia divina. A primera vista, estos dos misterios parecen contraponerse.
Pero cuando tratamos de profundizar en ellos a la luz de la fe, vemos que están en recíproca armonía, gracias al misterio de la cruz de Cristo. Como dijo aquí Juan Pablo II, "la cruz es la inclinación más profunda de la Divinidad hacia el hombre (...). La cruz es como un toque del amor eterno sobre las heridas más dolorosas de la existencia terrena del hombre" (17 de agosto de 2002,  L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 23 de agosto de 2002, p. 4). 

Vosotros, queridos enfermos, marcados por el sufrimiento del cuerpo y del alma, sois quienes estáis más unidos a la cruz de Cristo, pero, al mismo tiempo, sois los testigos más elocuentes de la misericordia de Dios. Por medio de vosotros y mediante vuestro sufrimiento, él se inclina con amor hacia la humanidad. Sois vosotros quienes, diciendo en el silencio del corazón:  "Jesús, en ti confío", nos enseñáis que no hay fe más profunda, esperanza más viva y amor más ardiente que la fe, la esperanza y el amor de quien en la tribulación se abandona en las manos seguras de Dios. ¡Ojalá que las manos de quienes os ayudan en el nombre de la misericordia sean una prolongación de estas grandes manos de Dios! 

Quisiera abrazaros a cada uno. Dado que prácticamente no es posible, os estrecho espiritualmente contra mi corazón, y os imparto mi bendición, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.